



MIRANDA. — El 24 de junio no solo tembló la tierra, se fracturaron certezas y se desmoronaron años de esfuerzo bajo el peso de un doble terremoto. Para Yeimi, Mirtha y María, el crujido de las estructuras en la costa guaireña fue el preludio de un éxodo incierto. Dejar atrás la marejada de escombros en Playa Grande y Tanaguarena significó aferrarse a lo único que les quedaba intacto: sus familias y la fe.
Aquellas primeras semanas transcurrieron entre lonas, canchas comunitarias y la vida compartida en los campamentos transitorios. Allí, donde la angustia solía asomarse al caer la noche, la contingencia se transformó en una red de acompañamiento humano. En campamentos como el Carlos Delgado Chalbaud, la incertidumbre del día a día fue amainada por un plato caliente en la cocina, la atención a los niños y el trámite constante del Registro Único de Vivienda. Nadie sabía con certeza cuándo llegaría el momento, pero todas guardaban la misma planilla con la esperanza de volver a cerrar una puerta con llave.
La respuesta no llegó como una promesa lejana, sino como una mudanza al territorio mirandino. El paisaje de la costa dio paso a las colinas del sector Las Brisas, en el municipio Cristóbal Rojas. En el urbanismo Mirador de Caiza, 4 torres de 4 pisos, flanqueadas por vialidad asfaltada, servicios consolidados y espacios diseñados para el reencuentro, esperaban por 77 familias que hicieron del Plan Venezuela Renace el principio de una nueva etapa.
Entre abrazos, lágrimas contenidas y el tintineo de los llaveros recién entregados, los recorridos por los apartamentos de 67,3 metros cuadrados marcaron el fin de la espera. La distribución de 2 habitaciones, 2 baños, sala, cocina, comedor y área de lavandero dejaba de ser un plano técnico para convertirse en el escenario de una nueva cotidianidad.
“Fui víctima del doble terremoto. Estoy aquí recibiendo mi nuevo hogar, agradecida con Dios y con la presidenta Delcy Rodríguez”, relataba Yeimi Lara, aún conmovida al recordar la travesía desde el urbanismo Luisa Cáceres de Arismendi. “Nos atendieron de manera maravillosa en el campamento, nos trataron como si fuéramos su familia y no nos faltó nada. Nos acobijaron como si fuéramos sus hijos. Estoy más que feliz porque hoy estoy recibiendo mi nuevo hogar”.
Para Mirtha Moreno, vecina de la misma franja costera de Catia La Mar, la jornada representó la restitución de todo lo que la tierra les arrebató en junio. “El terremoto nos sorprendió y fue de una gran magnitud, por lo que perdimos todo. Pero estamos aquí en este nuevo hogar que Dios nos dio y nos bendijo, gracias también a nuestra presidenta Delcy Rodríguez, quien fue canal de bendición. El tiempo en el campamento fue de aprendizaje. Hoy recibimos nuestro milagro”.
A unos metros, María Azocar miraba a sus 3 hijos corretear por los pasillos recién iluminados del complejo habitacional. Su mente regresaba por instantes a la OPP 35 de Tanaguarena, pero su presente estaba firmemente asentado en suelo mirandino. “Me vi mal con mis 3 hijos por la cuestión del terremoto, pero pudimos salir todos. Me sorprendió la respuesta del Gobierno Nacional, fue algo oportuno. A esas personas que están en otros campamentos quiero decirles que tengan paciencia, lo bueno se hace esperar. Todo fue rápido”.
El sol de la tarde sobre Mirador de Caiza iluminó el inicio de 284 nuevas historias de vida. Mientras las familias comenzaban a meter sus pertenencias y a probar el agua de los grifos o las conexiones de servicio, el despliegue técnico del ministerio del Poder Popular para Hábitat y Vivienda (MINHVI) continuaba su curso hacia otras latitudes del país. Para quienes dejaron las ruinas en la costa, el terremoto quedó atrás como una prueba superada y Mirador de Caiza se erige desde hoy como el cimiento seguro de su renacer.
Prensa MINHVI/Jean Carrasco

